La importancia de las actividades terciarias


El sector terciario agrupa todas las actividades económicas que no producen bienes materiales, sino que ofrecen servicios a la población y a las empresas. Se trata del sector más diverso y cambiante de la economía, pues en él caben desde tareas básicas, como el reparto de propaganda, hasta otras altamente cualificadas, como la investigación o la consultoría tecnológica. Por eso, algunos autores diferencian entre un sector terciario “avanzado” o incluso un “cuaternario”, formado por servicios que requieren una alta especialización.

En la actualidad, el peso de los servicios en la economía española es enorme y continúa creciendo. En 2008, el 68% de los ocupados trabajaban en este sector; en 2018, el porcentaje superaba el 75%, situando a España por encima de la media de la Eurozona. Este auge se explica, en parte, por el hundimiento de la construcción tras la crisis de 2008 y por el empuje de ramas como los transportes, el turismo y la hostelería. La hostelería, con más de un millón y medio de trabajadores, se ha convertido en un símbolo de la identidad económica y social española. No en vano, el país cuenta con más de 277.000 bares y restaurantes, concentrados sobre todo en Andalucía, Cataluña, la Comunidad Valenciana y Madrid.

Los servicios se clasifican según su función: los sociales (educación, sanidad), administrativos, financieros, culturales, personales, de información y comunicación, comerciales, de transporte y de ocio y turismo. También pueden distinguirse los servicios públicos, gestionados por el Estado con fines sociales, y los privados, que buscan rentabilidad económica. Entre ellos destacan los servicios a empresas, fundamentales en las economías modernas porque mejoran la competitividad del sistema productivo. Dentro de este grupo se incluyen desde actividades tradicionales, como la contabilidad o el asesoramiento fiscal, hasta las más estratégicas, como la informática, las comunicaciones o el diseño industrial.

El sector terciario se caracteriza por ofrecer servicios intangibles, imposibles de almacenar y que se consumen en el mismo momento en que se producen. Además, suelen prestarse cerca del cliente, ya que requieren contacto directo, y dependen mucho del esfuerzo humano, pues muchos no pueden mecanizarse. Su enorme variedad se refleja en la coexistencia de grandes compañías y pequeños negocios, y en la amplia gama de cualificaciones que exige.

Las causas del crecimiento del sector servicios en España son múltiples. La industrialización y la urbanización impulsaron la demanda de transportes, bancos, comercio, educación y sanidad. El turismo, que desde los años ochenta se convirtió en un pilar básico de la economía, favoreció la expansión de hoteles, restaurantes y actividades de ocio. A esto se sumaron el aumento del nivel de vida, los cambios en los hábitos de consumo y el incremento del gasto público en sanidad, enseñanza e investigación. La creación del Estado autonómico también multiplicó las administraciones y el número de empleados públicos. Por su parte, la incorporación de la mujer al trabajo generó nuevos servicios, como guarderías y asistencia doméstica, y la externalización empresarial dio lugar a la proliferación de consultorías, gestorías y empresas de apoyo.

El resultado de este proceso ha sido un crecimiento espectacular del terciario en detrimento del sector industrial y un cierto desequilibrio territorial, ya que las comunidades con mayor peso del sector servicios —Madrid, Baleares y Canarias— superan el 70% de población activa en este ámbito, mientras que otras no alcanzan el 50%.

Dentro del terciario, el comercio es una de las actividades más dinámicas. La globalización y las nuevas tecnologías han transformado radicalmente la forma de comprar y vender. España exporta principalmente automóviles, bienes industriales y productos farmacéuticos, mientras que importa crudo, vehículos y tecnología avanzada. Aunque la balanza comercial de mercancías es negativa, el país compensa ese déficit gracias a la exportación de servicios. En el comercio interior, conviven los pequeños comercios tradicionales, aún mayoritarios, con las franquicias, los grandes almacenes y los centros comerciales, que se multiplicaron desde los años ochenta hasta superar hoy los seiscientos en todo el país. Paralelamente, el comercio electrónico ha experimentado un crecimiento exponencial. Cada vez más españoles compran por internet —sobre todo viajes, moda y artículos para el hogar— por comodidad, precio y ahorro de tiempo. Las comunidades con mayor implantación del e-commerce son el País Vasco, Navarra, Baleares, Madrid y Cataluña.

El turismo, el transporte y la hostelería constituyen los motores visibles del sector terciario español. El turismo sigue siendo la principal fuente de divisas y empleo, el transporte articula la movilidad de personas y mercancías, y la hostelería forma parte esencial de nuestra vida social y cultural. No obstante, la excesiva dependencia del turismo y los servicios de baja cualificación plantea desafíos de sostenibilidad y estabilidad laboral. Por ello, el futuro pasa por fortalecer los servicios avanzados, digitales y de alto valor añadido, sin olvidar los servicios públicos esenciales que garantizan el bienestar y la cohesión social.

En definitiva, España es hoy una economía de servicios. El sector terciario no solo sostiene la mayor parte del empleo, sino que también impulsa la modernización del resto de sectores, mejora la calidad de vida de la población y define el modelo territorial del país. Comprender su importancia es clave para entender la realidad económica y social de la España contemporánea.

Ideas clave para repasar

  1. España es una economía de servicios (≈ tres de cada cuatro ocupados).

  2. Fuerte peso de turismo, transporte y hostelería, con desafíos de calidad y estabilidad.

  3. El futuro pasa por servicios avanzados y digitales, sin descuidar los públicos esenciales.

  4. El comercio cambia con las TIC: de la tienda de barrio al omnicanal.

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